No calles.
Suéltalo.
Rompe los diques del silencio
y deja que tu palabra desborde,
que caiga a borbotones
como agua recién liberada.
No calles.
Escucha.
Deja hablar.
Atrévete a la sorpresa.
Permite también que el otro te atraviese,
que su río horade tus orillas,
que su corriente encuentre cauce en ti.
Deja que sus aguas
se encuentren con las tuyas
y que en ese encuentro
nazca un mismo fluir.
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