miércoles, 31 de agosto de 2011

Apunte IV: Análisis de la Demanda


En el último apunte me parece que fui demasiado superficial a la hora de hablar del deseo, me refiero por supuesto al deseo del profesional.
Las situaciones que ponen en fuera de juego al profesional, son aquellas en las que uno cree que esta haciendo las cosas bien y, de repente, llega una crítica inesperada en algo que para nosotros es obvio. Por ejemplo, un paciente con riesgo suicida te dice que solo tú lo calmas, y por esta razón te ves obligado a atender el teléfono o incluso visitarlo en horas intempestivas, o incluso interrumpir reuniones familiares o amorosas para atender a este usuario, decimos: "lo necesita" y es suficiente para argumentar el sacrificio. Podría llamarse "Terapía Sacrificial", a aquella que se sostiene en los "sacrificios" del terapéuta, e incluye la confusión entre los conceptos "etica profesional" y "moral casera".
Pero en términos metodológicos ¿qué ha sucedido?. Repartiendo responsabilidades equitativamente, decimos que la urgencia se ha instalado en la relación entre paciente y terapéuta. Una urgencia particular que consiste en que cuando el paciente se angustia, el profesional acude a poner límite a esa angustia. Tanto paciente como profesional estan "compinchados" en esta definición de la relación, que por otra parte, puede perpetuarse por años.
Esta función terapéutica, algunos autores la llaman tapón, un concepto algo rústico pero justo, ya que representa la situación real. El profesional viene a taponar la angustia, ante la falta de límite, de un sujeto con su propio cuerpo (presencia, oreja, palabra, etc.). Es decir, cuando el paciente se desborda por la angustia (siempre real incluso en la histeria), el recurso personal (íntimo) de que dispone para aplacar la sensación que le aparece en el cuerpo (miedo, enojo, tristeza, incluso alegría)  es dirigirse al terapeuta. Y aquí comienza una verdadera odisea terapéutica.
Esta situación que comento es normal y hasta positiva, y configura lo que comunmente se denomina demanda (un tipo específico de demanda). El vínculo entre paciente y terapéuta se ha configurado de tal manera que el paciente supone que su terapeuta puede aplacar su dolor físico (aunque sea producido por ideas o percepciones), y en gran medida se puede decirse, que esta es una demanda de dependencia, en el sentido que, para el paciente, su salud depende del terapeuta.
Hago un pequeño paréntesis aquí, para aclarar, que alcanzar este tipo de demanda no es fácil. Por ejemplo en la psicosis, demanda generalmente es ausente en unprincipio, en casos de adicción, es masiva, y en la neurosis común, altamente compleja y repleta de trampas y tramas.
Decimos entonces que la demanda, es nuestro terreno de trabajo, es decir, el vínculo que se ha establecido con el usuario. Podemos, a bote pronto, diferenciar tres etapas:
1.       Construcción de la demanda: cuyo objetivo es a partir de crear una relación regular y predecible (relación de confianza) el paciente va depositando aspectos de si (generalmente íntimos y privados) en el terapeuta.
2.       Demanda de dependencia o demanda voraz: el paciente lo necesita todo y lo necesita ya, y toma al terapeuta en sí mismo (no solo su palabra, sino su cuerpo y alma) como  el único capaz de calmar su dolor. Esta posición respecto al paciente configura un lugar, que debe estar sujeto a la función terapéutica para no perder el norte. Por otra parte este lugar, no siempre real, es simbólicamente eficaz, por lo que conviene ante el paciente, asumirlo. De aquí emergerá el material con el que trabajaremos, a la vez que el paciente será más sensible a nuestra palabra (dicho mal y pronto el paciente será más permeable a nuestras indicaciones).
3.       “Domesticación” o adaptación de la demanda: uso este concepto tan campechano por preciso más que por bonito. Crear una demanda de dependencia es muy complicado, pero más complicado, es no caer en sus seductoras trampas. Esa demanda inicial (muchas veces los pacientes nos dirán que somos la primera persona en que confían o cosas similares), es un diamante en bruto, es salvaje, no tiene límites. Veremos que cuanto más se angustie el paciente más urgente será la demanda y más importantes nos volveremos para su vida (al menos en su discurso). Es importante aquí, que el terapeuta se abstenga de caer en los influjos de la necesidad y de la urgencia, se abstenga de creer que realmente es la persona “que sabe” lo que le pasa al paciente, o que es el único que puede ayudarlo.
El trabajo que hay que realizar llegados a este punto, es una verdadera “domesticación de la demanda”, una demanda que no ceda a los impulsos, que no produzca un sufrimiento desbordante, hay que hacer de esa demanda sin límites, ni hora, ni coste, un demanda más civilizada.
Y esta es la razón por la que nos han contratado para estar ahí. No porque sepamos técnica especiales, o demostremos nuestro trabajo de tal o cual manera, sino porque a diferencia de la mayoría de la gente, se nos supone que somos capaces de acoger esa demanda voraz y convertirla en una demanda social, es decir, con una temporalidad y una intensidad tal, que cualquier persona pueda atender.
En el proceso de “civilización” de la demanda observaremos, los siguientes indicadores:
- La demanda deja de ser urgente para ir aceptando cierta postergación en el tiempo.
- La demanda deja de ser individual a un solo profesional y va generalizándose al equipo y a otras personas de su red.
- La demanda deja de expresarse en dolor o excitación y pasa a expresarse con palabras o gestos.
Es importante que el terapeuta vaya cediendo terreno en la medida que el paciente lo gana. Esto dicho así parece fácil, pero en términos concretos significa, aceptar tome decisiones que implican cierto riesgo para ellos mismo, riesgos generalmente relacionados con la autonomía (manejo de la medicación, salidas, viajes, etc.) y las relaciones sociales.
Frases obvias (desde el punto de vista de la Teoría de la Recuperación) como “hay que permitirle al usuario hacer lo que decida”, han levantado escamas en no pocos equipos de trabajo. En mi opinión, esto sucede porque se realiza antes de tiempo (para alguien), y sin fundamento (la Teoría de la Recuperación de momento no es un fundamento), en el sentido de que trabajar en equipo significa: explicar las cosas para que los otros entiendan y no para entenderse uno mismo.
Yo creo que estos indicadores son bastantes confiables para saber en qué momento está el paciente. La persona que sufre siempre tiene derecho a decidir, pero no es lo mismo decidir cuándo se sufre que cuando uno se siente bien, no es lo mismo decidir cuando uno está perseguido y vigilado por cámaras que cuando no lo está, cuando uno tiene que evitar mediante rituales la muere de familiares amenazados por la radio  que cuando no hay amenaza, cuando uno se ha abandonado y ve todo gris que cuando sus sentimientos abarcan toda la gama de colores, cuando hay un presencia permanente que a uno lo desconcierta que cuando esa presencia no está.
Vemos que los trabajadores de la salud estamos en una “delgada línea roja”, por un lado ceder en nuestro propio deseo (“furor curandis” lo llamaba Freud), de ocupar ese apetecible lugar de saber y poder que nos da la relación terapéutica. La supervisión y el propio análisis sirven para esta cuestión, es decir, para no  introducir en la relación terapéutica ambiciones, frustraciones o inseguridades personales.
Siempre recuerdo cuando tenía 16 años la mirada de poder y autosatisfacción que tenían los guardias de la puerta en las discotecas, su poder se ponía en acto en el momento que prohibían a alguien la entrada, y solo en ese momento estaban en plenitud. Lamentablemente he visto demasiadas veces esta mirada en profesionales de la salud. Nietzsche decía “omnipotencia por impotencia”, se produce cuando uno por inseguridad se muestra excesivamente seguro, esto en la práctica se traduce en control, vigilancia de los pacientes, rigidez en los debates y un afán desmedido por tener la razón.
La horizontalización de ciertos equipos multidisciplinarios, si bien aumenta la participación y la creatividad de las intervenciones, corre el riesgo de dispersar las responsabilidades, o por el contrario, por exceso de encono vuele al equipo inoperativo. Siempre estuve de acuerdo en esto que decía Levis Strauss de que los equipos son como pequeños modelos de sociedad, mi experiencia lo confirma. Un indicador concreto de cuando un equipo pierde el camino, es cuando, en el contenido de los debates, se dedica más tiempo a discutir “la manera de comunicar, quien lo dice y como lo dice”, que al contenido de le tarea que los convoca, es decir, el tratamiento de los pacientes.
Si en tu equipo sucede esto no dudes en que contratar a un supervisor saldrá más rentable el equipo y para el paciente, además de ahorrarse el desgaste emocional que esto produce.
Bueno, no sé cómo llegamos a este punto, supongo que lo sabremos en el próximo apunte.
Saludos a todos

sábado, 27 de agosto de 2011

Análisis de la demanda (proximamente)

El el próximo "Apunte" que saldrá públicado, trabajaremos el análisis de la demanda en una relación terapéutica típica de acompañamiento terapéutico o la intervención sociocomunitaria.

Saludos

viernes, 19 de agosto de 2011

Apuntes III: Maldita Teoría de la Recuperación


"Quien se impone por la fuerza,
solo ha vencido a la mitad del enemigo"
Jhonn Milton, Poeta.

Hoy me he dejado llevar por mis apuntes en el intento de no limitar el diálogo que estos apuntes pretenden crear. En fin, hoy mis pensamientos estaban dirigidos a pensar un tema de acompañamiento terapéutico, seguramente relacionado con la recuperación, tema que se ha vuelto de repente omnipresente en los recursos que coordino, lamentablemente en su versión más ecléctica que es la que tiene que ver con la relación entre el profesional y el usuario, una relación que se ubica al “primer nivel de implicación” según Shepherd, uno de cuatro (los siguientes refieren a la participación de los usuarios en la gestión de los programas y centros), este nivel incluye: respetar las expectativas del usuario,  promover una identidad positiva (no enferma) centrada en los recursos potenciales y fundamentalmente el “restablecimiento de un sentido y un propósito nuevo en la vida, más allá de los efectos de la enfermedad mental. Y aquí viene la palabra mágica: Esperanza.
La recuperación en este primer nivel de implicación refiere a recuperar un concepto milenario, el de esperanza. Es más dice Andresen y compañía que el primer componente de la recuperación es: “Encontrar esperanza y mantenerla: creer en uno mismo, tener sentido de autocontrol y optimismo de cara al futuro”; me encanta.
Y luego pienso, ¿qué estarán haciendo ahora los pretendidos y autoproclamados objetivistas de la psicología?, la rehabilitación “psicosocial” se sostiene hoy por hoy en la evidencia, ateórica, positivista, pero incluso importantes representantes de modelos conductuales basados en la evidencia, se afanan por acercarse al Modelo de la Recuperación, que vendría a significar hoy “lo que está políticamente bien”.
Por supuesto, Shepherd el autor de “Hacer de la Recuperación una Realidad” se debate ¿cómo puedo hacer ser recuperador y basarme en la evidencia? Y responde, transcribo literal:
“En cuanto a que no están basados en la evidencia, se puede decir que a los diferentes tipos de evidencia se les puede dar usos diferentes. Así, aunque los relatos personales tienen validez inmediata, la evidencia de estudios clínicos existentes (por ejemplo, la eficacia de modelos de comunicación e información sobre la esquizofrenia, los diferentes enfoques para el autocontrol de los síntomas, la ayuda eficaz a las familias, las estrategias eficaces de colocación en empleo ordinario, etc.), se pueden usar para apoyar a las personas usuarias en su trayecto hacia la recuperación”.
Esto es interesante más cuanto que la línea predominante en España a nivel oficial en el campo de la intervención comunitaria es el tratamiento asertivo comunitario (TAC), de corte anglosajon, y no el acompañamiento terapéutico (AT) mucho mas adaptable a la cultura española mas asentada sobre la institución familiar que la angolsajona. ¿Y esto porque es así? La respuesta la he escuchado cientos de veces, desde el ámbito político, técnico y científico, en los diez años que llevo trabajando en la divulgación del acompañamiento terapéutico (podéis ver el artículo que hemos publicado en la revista Rehabilitación psicosocial, del Colegio de psicólogos, como ejemplo). La razón es: porque no está basado en la evidencia.
En conclusión, el acompañamiento terapéutico no ha tenido el alcance que merece “porque no está basado en la evidencia” como el TAC, el AT está basado "simplemente" en “la evidencia de estudios clínicos existentes”, al igual que el Modelo de Recuperación. Puede decirse que el acompañamiento terapéutico siempre estuvo inscripto en esta línea, sin necesidad de cambios para evidenciarlo.
Ahora viene el siguiente paso, recuperar el concepto de esperanza, de momento en muy pocos foros “científicos” se habla de esto pero ya hay algún debate interesante. El retorno a la subjetividad parece que será un viaje lento, un viaje que antes o después, no tardará en retomar otro concepto prácticamente abandonado en la bibliografía rehabilitadora, el de deseo.
Mi esperanza, mi deseo, y disculparme si soy repetitivo, es que el retorno de la esperanza nos lleve al retorno del deseo.
Los nuevos profesionales, formados desde un marco donde el modelo de recuperación es posible como gestión, tanto de un proceso de salud, como de la gestión económica y orgánica de los centros de rehabilitación, se verán antes o después confrontados con el problema del deseo.
¿Cómo hacer para que los servicios no trabajen a demanda y los tratamientos no se reduzcan a ser simplemente “hacer lo que el usuario/paciente quiere”?, he aquí la confusión que encuentro en muchos centros.
La alternativa es volver al deseo, entender la diferencia entre anhelo y deseo, lo que se quiere conscientemente y el deseo inconsciente. Comprender que lo que se quiere es en una mínima parte controlada por el yo, y es el resultado de una negociación entre muchas partes entre las que se encuentra la propia ideología, y la presión social. Basar la esperanza sólo en lo que se quiere, nos puede dar una esperanza limitada, la esperanza de los esclavos, podría decir Nietzche. El deseo, en cambio, es concepto compuesto (en tanto integra lo presente con lo ausente) en movimiento hacia aquello que desea, y social (compuesto por deseos de otros), en tanto "un deseo es siempre un deseo del deseo de otro". Por esta razón, nos puede ayudar a entender (y trabajar) entre otras cosas, porque una persona a veces no desea su salud, porque antes de cualquier esperanza requiere transformar las relaciones de sometimiento (como la de ciertas terapias, y la psiquiatría en general) y esto requiere tiempo (su tiempo, y no el de la institución, la familia, el centro o el terapéuta).
El concepto de deseo nos ayudará a acompañar el deseo del otro (absteniendo el deseo de uno, del profesional), a prestar nuestro deseo cuando sea necesario como apoyo (sin culpa ni remordimientos), y a limitar cuando la desorganización (alienación) de la persona, lo lleve hacia lugares peligrosos para su salud.
Freud en “Consejos al médico…” dice la relación con el paciente debe ser de confianza, no de intimidad, dado el riesgo que una relación trae al mantenimiento en su función del profesional. La función del profesional de recuperación no cambia, cambian las formas, aquellas que sostenían relaciones de sometimiento, control y castigo (o refuerzo).
Lamentable sería comenzar un camino tan bonito como el de la recuperación desdeñando las herramientas fundamentales para llevarlo a cabo.
“[La recuperación es] un proceso único, hondamente personal, de cambio de actitudes, valores, sentimientos, metas, habilidades y roles de una persona. Es una manera de vivir una vida satisfactoria, con esperanza y aportaciones, incluso con las limitaciones causadas por la enfermedad. “La recuperación implica desarrollar un nuevo sentido y propósito en la vida, a la vez que la persona crece más allá de los efectos catastróficos de la enfermedad mental…”. (Anthony 1993).

Saludos a todos

miércoles, 10 de agosto de 2011

Apuntes II: A propósito del caso Breivik

Caso Breivik o el delirio y sus usos


El 27/07/2011 en El Mundo, haciéndose eco de la prensa internacional, publicó con el título “¿Sufre Breivik trastornos mentales?”, que puede verse en el siguiente link: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2011/07/26/neurociencia/1311701846.htm, sobre la historia de Breivik y un intento de análisis causal del suceso. Me sorprendió del mismo que el periodista, que relataba una historia en la que el abogado de un asesino perpetuado una masacre en Noruega había justificado, con el fin de atenuar la pena, que el personaje en cuestión, padecía  trastornos mentales.

El artículo, obliga al lector a recorrer un juego retorico en el que, después de repasar masacres y asesinos reconocidos, cae una y otra vez en preguntas cliché sobre la peligrosidad de la locura, que lleva al autor a intentar responderlas citando la palabra de “expertos”.

La cuestión que nos interesa es el uso del delirio y su justificación teórica que parecería poner en palabra de estos expertos (dígase De Rivera) la supuesta justificación para reemplazar la pena por un tratamiento terapéutico.

Nos interesa este caso, porque no se trata de trastornos perceptivos, sobre los cuales se sostienen delirios y emociones, sino simplemente de un uso abusivo del mero delirio.

Todo el artículo se centra en el mito del “loco-criminal” al que ya estamos acostumbrados quienes trabajamos con personas que sufren por sus pensamientos, emociones y percepciones, y a la posibilidad de “rehabilitación” de un delirio, que de ninguna forma representa la pluralidad de las manifestaciones de la enfermedad mental. “No todo loco es malo ni todo malo es loco”, me decía hace algún tiempo un paciente defendiéndose de este tipo de atribuciones, en este caso las de su familia.

lunes, 8 de agosto de 2011

Antecedentes de la intervención socio-comunitaria en España

 (En "La intervención socio comunitaria en sujetos con TMG: modelos teóricos y consideraciones prácticas". Revista “Intervención Psicosocial”,  Vol. 18, n.° 1, 2009 - Págs. 75-88, Ed. Colegio de Psicólogos de Madrid).
La forma de abordar estas enfermedades ha sido un tema de debate permanente, el cual ha oscilado desde la propuesta de un tratamiento centrado en la hospitalización del enfermo, a otro en el cual se aborda su problemática desde una perspectiva psicosocial (Clark, 1982) y en el medio socio-comunitario (Rodríguez y Sobrino, 1997).
La psiquiatría moderna de mediados del siglo XX continuó la tradición asilar de la psiquiatría clásica (1850-1930), manteniendo el internamiento en hospitales psiquiátricos como estrategia principal en el tratamiento de pacientes con TMGC, alcanzándose unos niveles máximos de institucionalización en la mayoría de los países occidentales, entre finales de los años 50 y mediados de los 70. En Europa, en un contexto de postguerra, la demanda de tratamientos psiquiátricos era muy superior a la que podían abarcar los recursos institucionales clásicos de la época.
En EEUU. más de medio millón de personas estaban internadas en centros psiquiátricos en 1958, y en España, la cantidad de pacientes internados era de casi 52.000 pacientes en 1972. Sumado a esto la ausencia de tratamientos estandarizados, la heterogeneidad de las patologías que allí se trataban, la falta de un consenso en el diagnóstico y el descrédito en el contexto de la medicina, junto con una escasa dotación presupuestaria, hacían de éste un sistema obsoleto que requería de una reforma (Salvador- Carulla, Romero, Rodríguez- lázquez, Atienza y Velásquez, 1998). En este marco, a partir de 1930 se pusieron de manifiesto las primeras críticas institucionales al sistema asilar, las cuales comenzaron a configurarse en lo que posteriormente se llamó “movimiento antipsiquiátrico”. Éste sostenía que la hospitalización no beneficiaba la socialización y la participación en comunidad del enfermo mental (Goffman, 1961), cuestionaba el concepto básico de “enfermedad mental” y las categorizaciones nosológicas (Cooper, 1985), además de realizar un dura crítica a los ingresos involuntarios y al tratamiento farmacológico (Szasz, 1974), cuestionar la violencia del entorno psiquiátrico, la medicalización de la enfermedad mental (Laing, 1974) y las relaciones de poder que ella establecía (Basaglia, 1972; Foucault, 2005). Como consecuencia de esta situación, las políticas sanitarias se fueron modificando hacia una psiquiatría de puertas abiertas que  recalara en la comunidad y en la integración social (Clark, 1982).
De esta manera, a partir de los años 50 cobró gran impulso el estudio de la psicología social, las teorías cognitivo-conductuales y el psicoanálisis aplicado a los grupos. En Inglaterra se iniciaron los primeros dispositivos grupales implementados dentro del ámbito hospitalario (Bion, 1975). En 1947 apareció en Canadá el primer Hospital de Día y comenzó a configurarse el concepto tan difundido en la actualidad de Red Social (Lewin, 1952).
La concepción clásica de terapia “intra-muros” dio lugar, por su propia limitación, a una nueva conceptualización acerca de la locura y sus espacios dentro de lo grupal e institucional, abriendo las puertas al análisis de la familia del paciente (Bott, 1957), el ambiente en el que vive (Barnes, 1990), su tiempo libre y su relación con los trastornos mentales.
Paralelamente, en diferentes países, se fue desarrollando un dispositivo con características similares, en España el “monitor de tiempo libre” comenzó a trabajar con pacientes psiquiátricos; en Francia, el “animateur”, era el encargado del acompañamiento grupal ligado a actividades de recreo y ocio; en Canadá, en el Centro 388 de Québec, el llamado “interviniente clínico”, se incluyó especialmente Intervención Psicosocial como parte del dispositivo para el  tratamiento de pacientes psicóticos; en Inglaterra y Bélgica se crearon los “dispositivos de enlace” y en Argentina y Brasil, se incorporó un agente llamado en un primer momento “amigo calificado” (Kuras de Mahuer y Resnisky, 1985), y que más tarde tomaría su nombre definitivo, Acompañante Terapéutico. Por otra parte, el cierre de los hospitales psiquiátricos y la desinstitucionalización, cuando no existía una red asistencial apropiada, trajo una larga serie de problemas sociales y comunitarios. Algunos de estos fueron: a) el fracaso en la integración plena de la población esquizofrénica y con TMGC; b) el aumento de la carga familiar, con el consiguiente deterioro de las familias que debían acoger a estos miembros y no estaban preparadas para ello; c) la diversidad de programas de rehabilitación y la influencia de las filosofías subyacentes en los mismos, que aumentaban la confusión y no todos demostraban su eficacia, d) la falta de plazas públicas y el aumento de las lista de espera.
Actualmente, nos encontramos en tiempos de continuo cambio y puede observarse que el sistema está siendo paulatinamente puesto en jaque (Allert, et al., 2004). Las instituciones intentan cubrir con voluntarios o profesionales no especializados los espacios vacíos dejados en el tránsito del paciente por las numerosas instituciones que conforman la red sanitaria (Bertuccelli, 2000). La especificidad de la problemática requiere una intervención concreta para evitar que el paciente pierda continuidad en su tratamiento o lo abandone, o lo que suele suceder, que se convierta en un reincidente esporádico, recurriendo por épocas a las instituciones. Es decir, que se vuelva un “usuario de recursos crónicos”, multiplicando el gasto en servicios, limitando la disponibilidad de recursos y saturando el sistema.
Afortunadamente hoy en día, los avances en farmacología y en modelos psicosociales de tratamiento, están permitiendo que el objetivo de mejorar la inserción social y participación comunitaria sea un hecho real. El Tratamiento Asertivo Comunitario y el Acompañamiento Terapéutico, son dos modelos de intervención que vienen siendo empleados en distintos países desde hace más de treinta años. Por otra parte, la Consejería de Familia y Asuntos Sociales de la Comunidad de Madrid, inspirándose en estos modelos, ha creado los Equipos de Apoyo Social Comunitario, equipos de perfil social compuestos por un psicólogo, un trabajador social y dos educadores, y que actualmente suman más de 33 equipos. Estos equipos se han desarrollado al tiempo que en otras ciudades (Avilés, Vizcaya, Málaga  y Albacete entre otros) han ido implementando Equipos Asertivos Comunitarios, que incluyen además un profesional de psiquiatría y uno enfermería, con la finalidad de adaptar la red a contextos con mayor dispersión poblacional, y que también en estos años han demostrado mediante sus intervenciones, la eficacia de la intervención sociocomunitaria. No podemos dejar fuera, los programas multidisciplinares de tipo comunitario, que han surgido en los últimos años Andalucía y Barcelona, así como los recientes equipos de apoyo creados en Zaragoza y Navarra.